Con Malena trabajamos juntos, pero apenas sabía de su interés por los mundos fantásticos cuando la invitamos a introducirnos a la Estación de Sueños con un texto. Resulta que su abuelo, un contador que debió ser dibujante, le narraba cuando era chica la historia de un tren en el que pasaban cosas raras. Ese relato hoy nos lleva al próximo tiempo, el del Día del Niño en la UNGS, además de hacernos pensar en las vías que se conectan con el paso de los años, en el inoxidable recuerdo de una nena, la noble imagen de un abuelo y el eterno sueño de mejorar el mundo que, descubrimos, está a un cerrar y abrir de ojos.
Por Malena Baños Pozzati
Con
dos dedos de cada mano se pellizcó los pantalones a la altura de las rodillas y
tiró un poquito para arriba mientras se dejaba caer en el asiento. Así le había
enseñado a hacer su madre el día que Juan se puso los largos y empezó a
trabajar. Aunque apenas tenía una pelusa de barba, se afeitaba todas las
mañanas para estar bien prolijo ante los clientes. Ser un contador era cosa de
cuidado, había que tener todo bajo control, empezando por esa tarjeta de
presentación de uno mismo que es la propia cara. El tren ya empezaba a bufar.
Se enderezó un poco y abrió el cuaderno con los apuntes del día. Había números
y fórmulas por todos lados. Buscó su calculadora de bolsillo adentro de la
agenda y trató de enfocarse en adelantar trabajo antes de llegar a la oficina.
De
a poco la estación Lemos se fue alejando. Aparentemente ahí también habían
quedado las ganas de trabajar de Juan, porque en cuestión de minutos cabeceaba
descontrolado. Garabateó algunos dibujos en los márgenes, como para volver a
despertarse. En pocos trazos aparecieron un lémur, un estegosaurio, un mono
aullador y un híbrido de camaleón y serpiente -con sólo dos patitas delanteras
y una cola larga que terminaba en cascabel-.
No
le costaba dibujar esas criaturas porque todos los fines de semana iba al zoológico
y copiaba los animales con plumín y carbonilla, de vez en cuando también se
permitía inventar un poco. La diferencia con los modelos que veía era que, a su
alrededor, les dibujaba el bosque, la selva, el pantano. En algún momento Juan
soltó el lápiz y el mentón le chocó con la clavícula. Ni lo notó, porque se
había quedado completamente dormido. Siempre, de un modo u otro, se despertaba
a tiempo como si una parte de él se quedara despierta viendo pasar las
estaciones. Campo de mayo, Teniende Agneta, Capitán Lozano, Sargento
Barrufaldi, Lasalle, Ejército de los Andes... podría recitarlas sentido
Lacroze-Lemos o Lemos-Lacroze sin pifiarla una sola vez.
De
pronto, como sacudido por un despertador, abrió los ojos y miró por la
ventanilla. Barrufaldi. Recién estaba en Barrufaldi. Se hubiera acomodado y
vuelto a dormir de no haber sido porque el tren salió disparado como un torpedo. Y se hubiera vuelto a dormir, a pesar de la velocidad, de no
haber sido porque la estación siguiente no fue Lasalle, como la lógica más
lógica indicaría, sino Martín Coronado. Un absurdo. Tanto que Juan no llegó a
procesarlo porque el tren no paró en esa estación, ni tampoco en Lynch, ni
Jorge Newberry, ni Campo de Mayo, ni Artigas, que pasaron de un plumazo, mezcladísimas
y como si las separaran apenas unos metros. Las estaciones no estaban en orden.
¿Cómo era posible? Algo tan recto, tan musicalmente acomodado por un inglés
metódico que tiró las vías ahí y unió Lacroze con Lemos con un lindo y prolijo
ángulo obtuso.
Juan
se puso de pie, agarrándose de los respaldos mientras en la ventanilla danzaban
Arata, Agneta, Artigas riéndose de sus "As" mezcladas como en un
cubilete. Pero entonces el tren silbó profundo y paró en seco. Con una gambeta
a la fuerza de gravedad, ese día loco quiso que Juan no saliera volando hacia
adelante. El joven se quedó parado cuan alto era en medio del pasillo desierto
del tren. Recién entonces se daba cuenta de que estaba solo, solísimo en todo
ese tren que parecía tener mil vagones. Se acomodó los anteojos y tenía las
manos llenas de libretas, carpetitas, cinco calculadoras y no menos de trece
lapiceras. Dejó caer todo al piso, no sabía de dónde habían salido esas cosas.
En el suelo del tren quedaron tirados varios bocetos de animales durmiendo en la
estepa. Juan levantó la vista al escuchar un ruido acompasado y vio a un
avestruz que corría hacia él. Aterrado, el joven se cubrió la cabeza con las
manos (que volvían a estar llenas de gomas de borrar y frasquitos de tinta
china aparecidos como por arte de magia) y cerró los ojos, como hace la gente
normal cuando todo se vuelve loco y se intenta desesperadamente despertar.