Todavía está fresco. Se huele en las especias de las ferias hindúes, se oye en las bocinas, se percibe en los ojos de Avril, hija de un padre irlandés y una madre sudafricana que, a los cuatro años, tenía que esconderse bajo las tablas del suelo cuando la policía inspeccionaba su casa. Su hermana blanca seguía jugando, su madre negra se vestía de mucama para ocultar el delito de haberse enamorado de un europeo y el mundo en las afueras de Ciudad del Cabo seguía girando, enfermo, ciego, asesino.
El Apartheid todavía se respira en Sudáfrica, acaso porque se extinguió hace apenas dos décadas. Hasta entonces, la gente era clasificada según su color de piel. Así, había escuelas, iglesias y hasta barrios para blancos, negros puros, coloured (lo que serían mestizos), hindúes, chinos y cualquier otra condición física o social que pudiera martillar el alma hasta desintegrarla.
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| Nomonde, la directoria de un jardín-comedor comunitario del pueblo de Chesterville, Durban (Sudáfrica). |
Durante un afortunadísimo viaje al país más austral del continente cuna de la humanidad, gugleé la definición de “color” y, la verdad, no entendí un pepino. En Wikipedia y otros sitios había definiciones como “fotorreceptores”, “espectro electromagnético” o “síntesis sustractiva” para explicar qué eran los colores. Pero me quedé con un fragmento que contaba que, cuanto menos luz hay en el entorno que nos rodea, más se polariza y reduce nuestra distinción de los colores al blanco y negro. Es decir, si está muy oscuro, sólo vemos esos dos extremos. Nos perdemos todo lo que está en el medio.









