martes, 20 de noviembre de 2012

Vámonos pal' Sur

Cuando arrancó Tu Tiempo es Hoy, soñamos con dar la vuelta al Conurbano y, por supuesto, al globo terráqueo entero. Dos amigos quisieron llevar a Temperley esa idea humilde de usar la música, la birra, la amistad y el domingo para sumar pesados granos de arena a la playa en la que nos tocó vivir. Además de convencer a muchos otros para ayudar a Corazones Felices en nuestro primer evento en Zona Sur, Natalia, una de ellos, se dedicó a contar cómo nos sentimos.

Por Natalia Iocco
Miramos a los pibes en la calle y se nos atraganta un abrazo. Los vemos jugar o sonreír y se nos infla el pecho de esperanza. Vemos que necesitan, que les falta. Leemos que son cifras que algunos analizan a su favor o contra otros. Queremos que las cosas cambien, que los nenes sean nenes y que sólo piensen en jugar. Nos preguntamos qué o cómo ayudar, cómo ser gestores de un cambio. Mientras algunos buscamos la manera y otros se miran el ombligo, hay personas que se levantan todos los días para hacer algo, y hacen algo para que los chicos tengan un lugar donde ser chicos.
Eso pensé el domingo cuando llegué a Corazones Felices, una asociación que le da un espacio de contención a 90 pibes del barrio San José, de Temperley. Roberto y Silvia están al frente. Les dan clases de taekwondo, danza y apoyo escolar. Los sábados, desayuno, almuerzo y merienda.
Pero el domingo pasado le abrieron las puertas a Tu tiempo es hoy. Y allá fuimos. Por primera vez a Zona Sur con un evento para darle una mano a esta ONG.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Otro día de buenas noticias


Buenas, soy un tal Luis Moranelli y les traigo un notición. Hace un tiempo descubrí una receta para hacer frente a tanto quilombo y pensar, al menos por un rato, que hay materia prima para imaginar algo mejor. No digo que uno le puede ganar así de fácil a ese cardumen de malas noticias, injusticias, mentiras, hipocresía, cinismo, ochoenes y sietesd que nos atacan sin piedad. Pero hay un buen ejercicio: recordar durante unos segundos a las miles de personas que todos los días hacen algo para ayudar a otro. Poco o mucho, algo. Los famosos voluntarios, una especie rara que por suerte parece estar atravesando una interesante etapa reproductiva.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Plegaria para los niños despiertos

Corrientes y Talcahuano, 1.30 am de un miércoles cualquiera. En el medio de las luces (o tal vez en el fondo); en el fondo de las luces, de los vestidos largos y los anillos que salen del teatro, de los vendedores de sahumerios y collares, los carritos repletos de cartón esquivando colectivos y el acento portugués, hay un niño acurrucado contra una chapa.
Piñero y Lasalle, 9 am de un viernes distinto. Entre el mar de enanos que saludan a los dos extraños desde el piso, con besos voladores y aplausos, no tan obedientes como divertidos, un chico se escapa. Se acerca para dejar las cosas en claro.
-Yo quiero una remera anaranjada –avisa uno de los 440 alumnos del Jardín 902 de José C. Paz.

lunes, 24 de septiembre de 2012

¿Y ahora quién podrá ayudarnos?

-Y entonces nos re ando juntos porq in del mundo, pero en ¿hola? ¿la?
Así la escuchaba a Cecilia por obra y gracia de mi teléfono, del suyo, de la mala señal o de algún pájaro carpintero que masticó la antena cancerígena que se erige frente a casa. Por eso, le pedí un número de línea y me reí cuando se lo preguntó a la madre.
-¿No te acordás de tu número? –le dije, una vez recuperada la completitud de las palabras.
-No, soy un desastre.
-Espero que te acuerdes de los guiones.
-Sí, de eso sí, porque me gusta.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Zapateo sudamericano


Delante de Rosita camina el andador. Lo sacude, lo zarandea de un lado a otro frenéticamente, y él se la banca.
-Es mi primera salida. Bah, la segunda –dice, con una sonrisa que no grafica tres huesos quebrados tras un paso en falso para bajar una escalera.
La llamé para preguntarle si los jardines de infantes para los que había juntado juguetes el día del niño, en Pelthom Bar, andaban necesitados de algo más. Y aunque el micrófono de mi celular me viene jugando malas pasadas (sobre todo cuando estoy en el tren y sólo vuelve a funcionar para que mi interlocutor escuche el “la puta que lo parió”), hice bien.
Al Jardín 902, creado hace 28 años con el viejo Plan Sarmiento, asisten 440 niños que lo convierten en el segundo más populoso de José C. Paz. No sólo van los que viven alrededor, en el barrio San Fernando, de Vucetich. Chicos de San Atilio, en el límite con Derqui, llegan hasta el 902, por ser el más cercano en la laboriosa avenida Croacia.
Aunque ofrece desayuno o merienda según el turno, sólo tiene cupo y recibe dinero para darle el almuerzo a 280 chicos. Con la comida que obtiene para los 280 (cada vez menos carne, cada vez más fideos o arroz que tratan de enriquecer con acuerdos y solidaridad de los proveedores), comen los 440. Lo hacen en las aulas, como medida para controlar que los duendes se alimenten y no guarden la comida en tapers, sí, tapers, bien en criollo, recipientes que los padres les dan para que guarden algo para sus hermanitos.
-Nunca me voy a olvidar de un chiquito que decía que era culpable –recuerda Rosita, quien casi fue una de las maestras fundadoras y es recordada hasta por las baldosas. Y durante el relato, su sonrisa se desdibuja, aunque sus ojos color de océano brillan con mayor intensidad. –Decía que tenía la culpa porque al hermano, cuando se lo llevaron preso, él no alcanzó a avisarle que la policía estaba en la puerta. Cinco años, tenía.
Ella y las actuales docentes del Jardín 902 no son maestras. Son magas. No comparten por Facebook imágenes conmovedoras de la pobreza o páginas de protestas alicaídas. Ellas meten a diario las patitas en el barro y, cuando Alvarito y José Luis, dos hijos de familia cartonera, van a la escuela con zapatillas rotas o talle 42, juntan guita, se meten en sus hogares, mueven el culo, putean al viento.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Gente que sí


Me cansé, viejo. No, no me cansé, me aburrí. Me exasperó la gente que insiste en eso de que no hay gente como la gente. De que no se puede ya confiar en nadie. Todo el tiempo, por pisado, fue mejor. Ya no existe la palabra. Blablablá blablá, blablá.
No podría precisar hace cuánto vengo topándome con los eslabones de una cadena de oro, no porque sea el metal para invertir en épocas en las que el valor del dólar amenaza aparentemente con desatar una guerra civil y extinguir a nuestro país, sino por su brillo, por su semejanza al sol.
Al último lo crucé hoy. Humberto, guitarrista y cantor de zambas y chacareras, uno de los pocos del género que lograron conmoverme y me llevaron a conocerlo. Cada vez que pasa por mi vagón del ferrocarril San Martín, una mirada cómplice antecede a la pieza de Horacio Guaraní. Humberto sabe que es mi folclorista preferido.