Después de la eliminación en el último Mundial
de Alemania 2010, escribí algo así:
“Para
festejar, la pelota es una excusa,
claro. La excusa más perfecta de todas, la más redonda, valga la redundancia (o
la redondancia). Porque con la pelota, algunas veces el pobresoñador está más
cerca que en ningún otro ámbito del poderosoganador.
Con la pelota, sos
vos y soy yo; ella, vos y yo, aunque cause gracia sentirse juez y parte de un
equipo de fútbol, porque ellos viven sus sueldos, cobran sus vidas y caminan
otras calles. Pero no interesa: son la pelota, vos y yo. Vos, que aun siendo
del primer inmundo y manejando los hilos de la UE y la European Round Table of
Industrialists, estás solo con tus pares frente a mí con los míos, nosotros que
mendigamos trabajo afuera y que dejamos de ser hace rato el granero de nada. Y
yo te puedo ganar, mal que te pese, por eso sonrío”.
Para aquellos que no se focalizan en los
tobillos de los habilidosos ni en correr con desparpajo detrás del balón, no hacen
falta contratos millonarios de los astros del fútbol para conquistar la gloria.
Un rectángulo de césped, un arco y ella bastan. El mundo desaparece y nada
importa ya. Los del pantano pueden germinar una flor con una gambeta y los solitarios
sentirse acompañados en el nunca mejor ilustre abrazo de gol.